10/05/2011 Ayer llegue a tu casa, nos sentamos a conversar sobre los nimiedades del día, si te fue bien en tus cosas, si mi día estuvo lleno de insensateces; una plática como cualquiera de las miles que hemos tenido todos estos años.
Con la atención necesaria para permitir que la vida siga fluyendo es que de repente me distrajo una fotografía que tenia años sin ver. Justo unos días antes me habías comentado que te robaste una foto de uno de tantos álbumes que estuviste mirando en una reunión familiar, nunca supuse que ese robo, que esa sencilla fotografía me impactaría de una manera tan intensa.
Se que quien aparece en esa foto soy yo, se que estaba por cumplir seis años, que en esos momentos tus papás, estaban con el tema de tu futura llegad al mundo, en fin, tengo las referencias “históricas” de la foto; el problema es otro, más sencillo y por lo mismo mas estremecedor: me gusto demasiado lo que vi, en un instante me di cuenta que al menos desde ese momento me gusta más lo que ahí vi que lo que ahora miro al verme al espejo.
No tiene que ver con esa estúpida fantasía recurrente de la sublimación de la infancia, la cual me ha parecido siempre pueril y despreciable; finalmente en treinta y siete años he pasado por el mundo convencido de que cada momento es mejor que lo ya vivido, que lo pasado si bien ha sido bueno nunca podrá ser mejor que el ahora.
Pudiera dar mil explicaciones, motivo, conjeturas, pero todo se reduce a algo simple y justo por eso me encuentro con una sensación increíblemente aturdidora, lo único que quisiera es poder tener en mi rostro una sonrisa como la de esa foto.

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